| Vicente Huidobro: He ahí tu paracaídas maravilloso como el vértigo. |
| Escrito por Pendulo | |
| sábado, 19 de septiembre de 2009 | |
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Flavio Uriel Domínguez Albores Primera de dos partes Huidobro con el creacionismo, refleja la caída del hombre, desde el cielo, o la subida desde la tierra. Altazor es el mezcla de recuerdos de infancia, de un ser que no parece serlo, una especie de ángel que no solamente cae a través del espacio sideral, sino que cae como ser dentro de sí mismo, en un viaje interior cuya expresión conmueve, asombra, traslada en ocasiones. Altazor enfrenta la vida, la muerte y lo que en medio de ellas hay: ese gran espacio-tiempo, con la profundidad que otorga su estructura. Las vueltas en el significado de los versos y el hecho de descubrir, en algún momento, del principio o del final, que este viaje no tiene que ser precisamente en declive. La reiteración de Altazor a las interpretaciones tajantes ha terminado por adquirir una tentadora capacidad persuasiva: Altazor parece ser una obra ilegible que excede los límites de una interpretación de esta especie, no se le adecua, aparece dentro y fuera de ella, contradice su afirmación excluyente. Poco o nada, se podrá hacer frente a la obra del profeta. Él, que está desde la creación, él que es la creación. Huidobro ha desatado y dado paso a nuevas interpretaciones de la palabra cuando no encuentra en sí mismo explicación, exalta. Por ello, conviene a veces, dar un vistazo atrás y alrededor de todos los versos. La poesía ha sido concebida desde muchas perspectivas, desde tiempos inmemoriales. (Nada rebuscado. Definición a la que comúnmente llegan todos los mal informados, quienes creen que el adorno y algo de zalamera retórica compensan la ignorancia de la que adolecen frente a un “x” o “y” tema.) Por eso Huidobro intenta nuevos “sucos” donde habita la palabra, y la memoria de la palabra en su fluir y su razonamiento al momento de abordar el acto poético. La comprensión del accionar de la poesía está más, pero mucho más allá de la firme convicción de algunos de combinar una fortuna intelectual a través de un voraz consumo de lecturas y libros. Recordemos al ya mencionado Rimbaud: Él exponía que la poesía iba de la mano con la vida. Sin embargo, de forma no menos atrevida, también expuso que debía ser concebida mediante el desarreglo de todos los sentidos, olvidando que en lo terrible de su arrebato, actos tan conscientes como la escritura no podían dejar de ejercerse, dejando de lado principio y fundamento. Esa es una manera de conceptualizar la poesía. Posturas como ésta hacen que todo ademán por grotesco que sea, que todo exceso tenga justificación propia. Hay quien encuentra que el camino del exceso conduce al palacio de la Sabiduría. Esta senda, sin embargo, no está exenta de laberintos y desvaríos que conducirán a futuro. Un artificio intelectual, una construcción burda, hecha a la medida y a la usanza de lograr aceptación entre los “compañeros de oficio” (una congregación de poetas en una buhardilla maltrecha, aderezada con alcohol y algunos libros), es otra de las maneras de encontrar la voz propia. Retrocedo un poco y me ubico nuevamente en la figura de una las de cumbres del simbolismo francés: Rimbaud. La gran fortuna de ambos radica en la manera en cómo hacer llegar el mensaje que la Diosa en algún espacio de su consciencia les transmitió; una renovación del lenguaje, un ímpetu que pocos han logrado: la elevación del aliento, de la voz del poeta para omitir los lazos que los unían a un lugar y un tiempo definidos que es el alcance de la universalidad. Pensar en el verdadero valor de la poesía en nuestras vidas, al punto de hallar que todas las cosas y seres poseen un propio discurso, por más antiestético que el objeto en cuestión pudiese resultarnos. El paralelismo, por ejemplo, está en la rosa que amablemente le compramos a nuestra amada, en el ese niño que nos observa desde la calle y nos pide una moneda, como puede habitar (por increíble que parezca) en un taco de surtida que está frente a nosotros y nos invoca, a pesar que ello signifique su deceso. Quizá el texto de Altazor es extremadamente dependiente de los contextos de moda y época. Quiero decir, un texto cuyo despliegue y orientación significante se constituye de su interacción con el entorno, que introduce modificaciones significativas o referenciales en el transcurso de la escritura. Una mirada a la recepción crítica de Altazor abre paso a la sospecha de que no siempre ha sido leído y comprendido desde los presupuestos más adecuados, algunos de los cuales conciernen a la atribución (insostenible) de una identidad estable al sujeto apelado, cuya consistencia, según este presupuesto, habría atravesado incólume la crisis moderna del sujeto y su identidad. Al parecer, las secuencias significantes del texto no habrían tenido la suficiente fuerza indicativa como para reorientar al lector hacia otras direcciones de la lectura. Su relación con el texto, lo introduce en otros canales más desunidos, discontinuos de percepción. En la deriva de una cotidianidad deslavada, la superficie opaca, neutra, ilegible, algo decorativa, del texto se abre en apariencia sin motivación alguna como una pantalla de súbito iluminada, desplegando sensaciones e imágenes que no sólo son reconocidas por el lector. Todas son las imágenes de una guerra, desde el cielo hacia la tierra. |