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Rodolfo Girón
“Amanecí otra vez entre tus brazos”… y la canción fue un remanso de luz, una ecuación en disidencia para los que escuchábamos la rockola al rojo vivo. Para quienes la matemática es un sonido más de fervor que de exactitud y cálculos. Ella miraba tímida, desconcertada. Yo no era un león al acecho. Me limitaba a delinear fallidamente su estructura, a precisar su carabina de deseo. Una palabra, un gesto amable, son las inviolables heridas que ella encajó en la sien. En ese encaje de amaranto que recubre la memoria. Y al fondo, más allá de las paredes, la música martillaba dulcemente, y al fondo más allá de la sangre, ella nadaba entre mis manos. Y más al fondo de la mesa y los cristales, el día fue una espiga sin interrupción, sin aire que abatiera su entereza. Era un granito inquebrantable, un abalorio colgando del silencio, de la mirada febril que yo aventaba a escondidas. En mi carcaj estaba puesta la palabra bien plantada, la flecha que resbaló en sus cabellos, la noche aún que estaba por alisarse frente al espejo. Apresuré el paso, y ese camino amarillo en el que el Abuelo se extravió, de a poco iba confiscando mis registros, mostrándome su horizonte interno. En fin, ella fue la nostalgia, el dedo de espuma que gravitaba en mi boca, la mar de tiempo agolpándose en mis metales, en la funesta danza de las horas, en el vaivén irrepetible de mi sexo.
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