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Podrías hundirte en un sólo golpe en la nada, adonde van los muertos: ya me consolaría si me dejaras tus manos en herencia. Sólo tus manos subsistirían, separadas de ti, inexplicables como las de los dioses de mármol convertidos en polvo y cal de su propia tumba. Sobrevivirían a tus actos, a los miserables cuerpos que han acariciado. Entre las cosas y tú no harían ya de intermediarios: ellas mismas se transformarían en cosas. Inocentes de nuevo, pues tú ya no estarías para hacer de ellas tus cómplices, tristes como galgos sin dueño, desconcertadas como arcángeles a quienes ningún Dios da ya órdenes, tus inútiles manos reposarían sobre las rodillas de las tinieblas. Tus manos abiertas, incapaces de dar o recibir ninguna alegría, me habrían dejado caer como una muñeca rota. Beso a la altura de la muñeca, esas manos indiferentes que tu voluntad no aparta ya de las mías; acaricio la arteria azul, la columna de sangre que, antaño, incesante como el chorro de una fuente, surgía del suelo de tu corazón. Con sollozos pequeños y satisfechos reposo la cabeza como un niño entre esas palmas llenas de estrellas, de cruces, de precipicios de lo que fue mi destino. No tengo miedo de los espectros. Sólo son terribles los vivos, porque poseen un cuerpo.
Fuegos, Marguerite Yourcenar
Sllenii Sánchez Gabriel Primera de tres partes
Marguerite Cleenewerck de Crayencour nació en Bruselas, Bélgica. Fue educada por su padre en una finca en el norte de Francia. Su madre murió a los 10 días de su nacimiento por complicaciones en el parto. Yourcenar leía a Racine y a Aristófanes a la edad de ocho años. A partir de 1919, abandona su nombre de pila y empieza a firmar como Marguerite Yourcenar. Su primera novela “Alexis” fue publicada en 1929. Su mejor amiga en ese momento, una traductora llamada Grace Frick, la invita a Estados Unidos, donde dará clases de Literatura comparada en la ciudad de Nueva York. Yourcenar y Frick se harán amantes en 1937 y seguirían juntas hasta la muerte de Frick en 1979 a consecuencia de un cáncer de mama.
Los años en los cuales, Marguerite Yourcenar se dedicó a escribir el libro “Fuegos”, estarán marcados por una pasión imposible hacia un hombre que no la ama y que, al igual que Alexis, prefiere a los hombres. “Fuegos”, libro escrito en 1936, y que es de donde extraigo este pequeño texto, es producto de esta crisis pasional. Menos conocido que las obras maestras de su madurez, este poema en prosa mezcla la vida y los símbolos del amor absoluto, la evocación de los grandes mitos de Antígona, Fedra o María Magdalena con la lamentación personal del amor contrariado. Más tarde condenará este amor basado en el deseo, sentimiento poco honorable, habitado por la posesividad y el egoísmo.
Ya decía Schopenhauer que leer es pensar en un cerebro ajeno. Esta idea es aceptable, ya que por medio de la literatura, se establece un puente entre el pasado y el presente, donde podemos internarnos en un mundo que de cierta forma nos es ajeno, pero al mismo tiempo nos pertenece. Se trata pues de establecer una complicidad con el momento de la creación literaria, muy alejada de nuestro contexto histórico y social pero que podemos alcanzar si nos comprometemos a establecer un diálogo para percibir lo que el texto guarda dentro.
Este pequeño discurso poético de Marguerite Yourcenar, está referido a un cuerpo, a una entidad de la cual se desconoce el nombre, y que, sin embargo, llegamos a compartir la intimidad de sus sentimientos, el extraño deseo por una parte de su cuerpo. Somos cómplices de su necesidad de ser amada, acariciada por aquellas manos, las que llegan a separase de el cuerpo del ser amado para permanecer a su lado eternamente.
Nuestra destinataria está haciendo una confesión, que será leída muchas veces, y en cada lectura, este acto de habla será representado por medio de su actitud lirica. Deja de ser un acto individual para convertirse en una representación, sin dejar de ser un acto ficticio que nace cuando el hablante simula realizar actos de lenguaje que en verdad no toman valor alguno, sino hasta el momento en que el “destinador” lo apropia en su concepción, y lo transforma en un episodio de su vida, con los rostros de sus propios personajes. Existe por tanto una multiplicación del sentido, se eleva a un nivel secundario al acto de lenguaje del que realizó el texto.
El texto propone; el destinatario sólo quedará satisfecho si somete las acciones propuestas por el discurso poético y las traslada a su horizonte de expectativas; la interpretación de los textos, es un dialogo, en el cual siempre se parte de lo que ya se sabe, de las propias experiencias, de un bagaje personal, de lo que suponemos para llegar a lo nuevo, a lo diferente.
Jauss, nos dice que los textos, o la interpretación de éstos son el resultado de la relación de los horizontes de expectativas de su recepción, y es así como por primera vez, el lector desempeña un papel fundamental, dentro de una teoría literaria, para llegar a un análisis pleno y satisfactorio de un texto literario. Siendo este un discurso poético construido sobre la imagen misma de la autora, utiliza el texto de modo que este se convierta en un elemento más de su discurso, por lo tanto se genera una significación que trasciende, es más de lo que a primera lectura consideraríamos del texto, y que necesitó de la función reflexiva de su propia autora. Su creación en un sentido figurado, busca su construcción en su universo existencial. Este es llamado también representación imaginaria, y que caracteriza a todo discurso literario. Es por eso que la literatura bien puede concebirse como una actividad mental y comunicativa, puesto que al tratar frases que obligan a que el lector las imagine, comienza un proceso de reconstrucción de la escena planteada imaginariamente. Tus manos abiertas, incapaces de dar o recibir ninguna alegría, me habrían dejado caer como una muñeca rota. Marguerite Yourcenar desea las manos de su amado, separadas de su cuerpo; las necesita. Al parecer nuestra autora se encuentra ante un cuerpo teóricamente muerto, entonces reflexiona, dentro de esta suposición, acto literario por consecuencia, que al estar el cuerpo sin vida, las manos se encontrarán en la misma situación, y serán incapaces de nada. Marguerite Yourcenar caería al vacío sin aquellas manos, caería como ella lo dice; como una muñeca rota. Podrías hundirte, es así como nuestra autora comienza su discurso. Pero ¿quién podría hundirse?, ¿el lector? No, es el ser que ama, el cuerpo que mata en su imaginación, nos enteramos poco después. Pero, ¿quién es él? ¿Tiene rostro? Y es entonces cuando el destinatario adjudica cuerpos, nombres, situaciones y lugares. La escena se repite en otra mente, lo supuesto se multiplica, se adapta al horizonte de expectativas del lector. Y esto no sucede solamente en el destinatario, en primera instancia sucede con el mismo “destinador”; el discurso mismo llega a plantearse como función del sujeto de la enunciación, por lo que este, como rol, pierde su identidad, y ambos, rol e identidad irremediablemente se funden.
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