|
Rodolfo Girón
A Rogelio Romero
Para la memoria de su Madre
Son las 8:20. La luz revolotea en sus párpados. Alisa la maraña de sus ideas, el suave murmullo encrespado de la inconciencia. Tarda algunos minutos sin moverse. Ve el hueco inmenso del techado por donde cada noche se desploma el recuerdo de su Madre. Ella se ha salvado de toda esta catástrofe, él no lo sabe. Va hacia el lavabo, enjuaga su cara, luego la enjuga. Aún no percibe la rareza de este día que él jamás imaginaría. Ni siquiera en sus mejores viajes hacia sí mismo. No necesita apresurar sus movimientos: todo acontece en cámara lenta [emulando la pintura de Marcel Duchamp: Desnudo descendiendo la escalera]. Decidido a comprar algo delicioso para abastecer su organismo, Gregorio ha salido un poco desgarbado. No es menester tanto adorno: sólo marcha a la tienda, además, hoy descansa. Al abrir la puerta algo ignoto lo estremece. Peldaño a peldaño aumenta esa sensación de horror inexplicable para él. Luego de enfilar a la calle, a sus espaldas, una voz se oye: Buenos días. Otea inmediatamente. Y en derredor ni el más ínfimo rastro humano asemeja su estructura. Con la contestación entre los labios, abrumado, prosigue su camino. Confundido. Exhausto del trabajo diario, cree estar en los dominios del estrés. Desliza la puerta metálica, primero cruza el litoral, a una realidad impensada, la pierna izquierda, luego la otra, hasta que su persona íntegra atestigua ruido por todas partes. Ningún homo sapiens visible: una centuria de cucarachas conquista el continente de los desechos. Nadie más en el contorno dominado por su vista. Sin embargo, son voces humanas las que prevalecen desde todas direcciones. Aturdido no le dedica más comprensión y tiempo a este suceso. Las voces siguen intactas, acechando su memoria. Entra al establecimiento de abarrotes. Docenas, no, centenas de cucarachas habitan los pasillos y el lugar entero, rumiando y haciendo algarabía: entonces, una idea abrupta, la sensación de asco y orfandad se le encarnan. Es inminente no notar lo que pasa. El mundo por completo había sufrido la Metamorfosis. Está en el planeta de las cucarachas. Él, el único vestigio de la humanidad, eslabón sobreviviente, es uno de los grandes olvidados, como si los dioses lo hubiesen excluido definitivamente de toda gloria y recuerdo. La culpa es de Kafka: dijo para sí. Comenzó a blasfemar irrefrenablemente, así se mantuvo largo tiempo, hasta que sus sentidos se resignaron a tanta tragedia inconcebible, irreparable. La culpa la tiene Kafka: volvió a mencionar. Por haber leído demasiadas veces esa obra del autor Polaco y conjurar hasta enmudecer que todos, menos él, sufrieran esa desgracia, esa metáfora brillante que el escritor de Carta al Padre pergeñó para criticar un aspecto de los delirios de la sociedad y sus métodos hierofánicos apegados a los estratos, las divisiones y el tedio de la vida de oficinista. Gregorio Romero no se encuentra bien del todo, algo en sus adentros, en su cerebro, se ha atrofiado.
No un punto, sino el indicio rojizo de una serpiente al clavar sus colmillos, así es este desamparado hombre al borde de la esquicia, reverberando en el universo. Herido de cosmogonía, transgredido de historia: ahora las cucarachas lo miran con desprecio. Todo un gremio descomunal de insectos gritándole, condenándolo al destierro de su espíritu, de su ser, abandonado por la inclemencia de los siglos, del azar, de la energía misma. La gloria, la inmortalidad no sirven ya de nada, son caminos inútiles que conducen a ningún erial. Trafalga con el alma en blanco, funámbulo ebrio que se juega la existencia sobre la propia superficie de esa urdidumbre de habitante solitario, realmente solitario, que sus pasos tejen con rumbo hacia el mar de la desdicha. Divaga su memoria: El calor es insoportable. Combatir contra todos esos bichos es innecesario. Insoportable es el calor. Contra todos esos bichos combatir es innecesario… Insoportable…. combatir… Gregorio se desmorona atrozmente.
Son las 8:55. La luz revolotea en sus párpados. Alisa la maraña de sus ideas, el suave murmullo encrespado de la inconciencia. Tarda algunos minutos sin moverse. Lleva más de tres días sin comer y quisiera que toda esa historia delirante que lo posee fuese cierta: quizá así su Madre se hubiese salvado, para alcanzarla donde quiera que esté y decirle las más bellas palabras que aún no se han dicho. |