Víctor Del Monte
El Frayba no apuesta a la construcción de una sociedad más justa Asistí ayer como todos los días a tomarme un café en el Bisquets Obregón, en el lado poniente, y ahí tuve entre mis manos un diario capitalino que casi nunca consulto. Me llamó poderosamente la atención que en la última pagina registraba un hecho para mi insólito: que el indígena Francisco Jiménez Vicente se haya entregado a la Fiscalía Indígena de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Chiapas (PGJE), allá en San Cristóbal de Las Casas, autoinculpándose en la muerte de Aurelio Díaz Hernández, el 21 de julio pasado. La noticia decía que él había reconocido ante la autoridad competente que conducía el vehículo que arrolló a Aurelio Díaz Hernández e hirió a cinco más en la comunidad de Mitzitón, municipio de San Cristóbal de Las Casas.
Este hecho pasó desapercibido para el resto de los diarios que se editan en Tuxtla Gutiérrez, pero me felicité por no haber suspendido ese día mi cita con el café con leche que por las tardes suelo pedir en el Bisquet Obregón, al lado poniente, porque ahí asisten muchos miembros de lo que el Subcomandante Marcos denomina de manera acertada la sociedad del poder.
Extraño mis días de estudiante en San Cristóbal de Las Casas y las partidas de ajedrez en el Café San Cristóbal, la bruma de la madrugada, y el periódico El Tiempo, que editaba todos los días el periodista Amado Avendaño Figueroa, porque así me documentaba del acontecer diario en los Altos de Chiapas, tal vez porque en la capital del estado el calor es sofocante y los diarios no tienen cobertura suficiente de lo que en aquélla región acontece.
No hace más de una semana que terminé de leer "Diversidad religiosa y conflicto en Chiapas. Intereses, utopías y realidades" de Carolina Rivera Farfán y Miguel Lisbona Guillén, y tal vez por eso me duela que las comunidades indígenas se sigan desgarrando en confrontaciones estériles, que muchas de las veces son atizadas por intereses ajenos a los de la propia comunidad, que termina confrontada entre miembros de un mismo linaje por diferencias de fe, de credo, y otros ingredientes sociales, como la posesión de la tierra, que lo único que produce es que se perpetúen las condiciones de atraso y marginación en que han vivido por siglos, y "Diversidad religiosa y conflicto en Chiapas. Intereses, utopías y realidades" nos permite afirmar que, en Chiapas, las tensiones religiosas se circunscriben a lugares específicos, como en Mitzitón, que demuestra, por ejemplo, el cotidiano clima de intolerancia que se vive en el estado con menor hegemonía religiosa del país es resultado de muchos factores, la mayoría de las veces mezcladas con otras muchas problemáticas sociales, como la tierra y el territorio, la lucha intestina por la hegemonía política y el poder local, ya sea ejidal o comunal.
Quizá por mi formación académica, soy sociólogo, critico con mucha dureza al Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas, y más aún a su director, el abogado Diego Cadena Gordillo; pero no es gratuita mi critica, y aunque sé que suelo ser lapidario, pero no puedo ser de otro modo, porque conozco el terreno que piso, y el pie de que Diego Cadena Gordillo cojea, sobre todo cuando alienta la confrontación, la desobediencia civil, el no reconocimiento de las autoridades legalmente constituidas, no porque la autoridad no deba ser cuestionadas, sino porque en la forma en que lo hace, con panfletos que buscan la descalificación, más que la aceptación y corrección de los yerros, no está aportando nada a la construcción de una sociedad más justa, más tolerante, menos injusta, más democrática, como debiera ser el actuar de un ente que como el Faryba dice defender los derechos del pueblo pobre y oprimido, siguiendo la opción por los pobres que trazó el fundador de ese Centro, el obispo emérito de San Cristóbal, Samuel Ruiz García, quien nunca concedió nada al gobierno estatal o federal, pero siempre alentó el ejercicio de la critica propositiva y busco el diálogo para resolver las controversias, siempre para favorecer en su caminar a los menos favorecidos, a los excluidos, sin alentar la ruptura del orden constitucional, el desconocimiento de la autoridad, sino por el contrario, siempre procurando el acercamiento con ella –así lo hizo con el general Absalón Castellanos Domínguez, con Patrocinio González Garrido, y Pablo Salazar Mendiguchía-, para superar escollos, y con firmeza exigir el cabal cumplimiento de las leyes, sin permitir atropellos, injusticias, pero siempre dialogando con la autoridad, incluso durante los días aciagos de la guerra, como lo demuestra el haber presidido la Comisión Nacional de Intermediación (Conai), porque ante todo, estaba su inmenso amor por Chiapas.
Tal vez el abogado Diego Cadena Gordillo deba leer al guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, para que pueda entender que si hay algo que nos debe mover a todos es nuestro profundo amor por Chiapas. “No amamos nuestra tierra por grande y poderosa, por débil y pequeña, por sus nieves y noches blancas o su diluvio solar. La amamos, simplemente, porque es la nuestra”.
Y así, la postura asumida por el indígena Francisco Jiménez Vicente al entregarse, quiero suponer que por voluntad propia, a la Fiscalía Indígena de la PGJE, allá en San Cristóbal de Las Casas, autoinculpándose en la muerte de Aurelio Díaz Hernández, el 21 de julio pasado, sirva para abonar al diálogo entre las partes enfrentadas en el ejido Mitzitón, y solucionar ese añejo conflicto, que lo único que puede provocar es que se sigan matando entre ellos, más allá de sus credos y posturas políticas, porque en definitiva no se puede seguir izando una bandera que dejó de serla, como es el caso de la defensa de la tierra y el territorio, una vez que se canceló –por lo menos de parte del gobierno de Chiapas- el proyecto de la autopista San Cristóbal de Las Casas-Palenque, porque de lo contrario, tendré que pensar que el discurso que hace apenas unos días difundió el secretario general del gobierno, Noé Castañón León, tiene un destinatario especifico, porqué a quién se referió cuando expreso: “Víboras con piel de cordero, que llaman a la paz y subterráneamente alientan violencia”.