Víctor Del Monte
Por los caminos de Acteal reina la paz.Es mentira que haya temor, que haya miedo, que haya convulsión, agitación social, indicios de que vaya a resurgir la violencia, que se vaya a reactivar el levantamiento armado, que se esté preparando una asonada.
Serpentea la carretera principal por entre la alta montaña y no se ve más que bosques de pinos y encinos, mujeres pastoreando borregos, gente labrando la tierra, y personas caminando a la vera de la carretera o por las múltiples veredas que se entrecruzan antes de arribar al centro poblacional de Acteal, donde se yergue una escultura funesta, de la infamia, para honrar a las 45 víctimas de la masacre del 22 de diciembre de 1997.
No hay señal de alarma por ningún lado; ni asomo de hombres armados.
No hay miedo en la mirada de los indígenas que entrecruzan saludos y continúan como si nada, impertérritos, el curso de la vida, las mujeres con su colorida vestimenta, las largas trenzas, y las sandalias de plástico; y los hombres vestidos ya a la usanza occidental, con botas de hule o tipo mineras; aunque los más ancianos llevan una especie de faldilla de manta por encima de la rodilla, calzando caite de una sola correa y el sombrero plano, del que cuelgan listones multicolores.
Hace unas horas se vivió cierta agitación en la zona porque el párroco Pedro Arriaga, que viste y calza como ellos, que habla como ellos la lengua de los sots (así llama Rosario Castellanos a esta lengua), convocó a los indígenas a congregarse en Nuevo Yibeljoj, de donde partiría una peregrinación para marcha por las calles de San Cristóbal, y decenas de estaquitas Nissan se movilizaron para trasladar a los militantes de la Sociedad Civil Las Abejas, entre quienes no existe la menor duda sobre quiénes perpetraron la masacre del 22 de diciembre de 1997: todos los encarcelados son culpables y hay muchos más que nunca fueron detenidos.
Llueve a cantaros y se levanta una densa neblina, y entonces quienes vagan a pie por las veredas y caminos que llevan a Acteal, extraen de sus redes plásticos azul-celeste y se guarecen debajo sin aflojar el paso, sin detener su marcha, y solo balbucean algún saludo cuando se topan con otro que va o viene en sentido contrario, delante el hombre, detrás las mujeres y los hijos, y más atrás los perros, enclencles, famélicos, que ladran a todo y se entrecruzan en los pies de sus dueños, algunos de los cuales trastabillean, expresan maldiciones.
No todos van en dirección de Yibeljoj; no todos van a Acteal; muchos transitan con destinos diversos, se introducen a cafetales por estrechas veredas, o descansan en cuclillas frente a un ojo de agua, beben posol, pajal matz, le dicen; no forman parte de la Sociedad Civil Las Abejas ni son parte de las llamadas comunidades eclesiales de base, obedientes a la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas; ni militan en partido político alguno; son pobladores que evaden hablar con extraños, que fingen no comprender español, o que de plano mejor le suben el volumen a la radio, donde siempre se oye algún sermón evangelizador, y así evitan la plática, y otros apresuran el paso indiferentes al frenesí con que los líderes de Las Abejas rotulan mantas o cartulinas en las que inscriben proclamas contra el fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación: “Alto a la impunidad”, inscriben en la manta más grande, una que va de lado a lado del camino, y a la que colocan delgados palos en cada extremo para poder extenderla a todo lo alto, tal vez vaya a ser para la vanguardia de la peregrinación, que corre la voz será para abrir los corazones de los ministros de la SCJN, ya que pronto se espera otro fallo, que podría dejar en libertad a otros 31 implicados, además de los 20 que abandonaron el penal de El Amate el 13 de agosto, en medio de serios cuestionamientos por parte de los deudos, los sobrevivientes y los representantes de la Sociedad civil Las Abejas, pero más aún del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas que no supo qué hacer para enfrentar la acometida jurídica del Centro de Investigaciones y Docencia Económica (CIDE), que aprovechó muy bien las debilidades e inconsistencias de las Averiguaciones Previas armadas por los Ministerios Públicos de la PGR que conocieron del caso.
En los caminos y veredas que conducen a Acteal se encuentra la verdad de lo que pasó aquél 22 de diciembre de 1997, porque ahí se entrecruzan parientes de víctimas y victimarios, que tal parece han aprendido a convivir con la memoria de aquél trágico día en el que el odio, el rencor, y la guerra, más que nada la guerra, los polarizó de tal modo que provocó la espantosa masacre, porque por más que se escarbe y se escarbe, la verdad de unos no será jamás aceptada por los otros, por ejemplo el Frayba, órgano sedicioso que alienta a los deudos y sobrevivientes a marchar por las calles de San Cristóbal de Las Casas bajo el falso supuesto de que así lograran que los ministros de la SCJN reconsideren su fallo, para que de nueva cuenta encarcelen a los 20 inculpados recién liberados y no amparen a los otros que esperan el mismo beneficio, demandando enjuiciar a quienes nunca han sido citados a declarar sobre el caso:
“Sobre el señalamiento de que las investigaciones son imprecisas e inconclusas y que el sistema de justicia no ha respetado las garantías procesales, no hay nada nuevo. La investigación ha sido manipulada una y otra vez (cursivas mías, CMG). La Procuraduría General de la República se encargó de cortar la línea de mando que apuntaba a la policía y al Ejército, y más aún a Ernesto Zedillo, al concluir que la masacre fue producto de problemas intercomunitarios. Si las evidencias en contra de algunos de los procesados son débiles es precisamente por la falta de una debida investigación, para no escarbar más, no porque quienes se encuentran detenidos no sean culpables”