Rayuela Semanario Cultural
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Escrito por Pendulo
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viernes, 11 de septiembre de 2009 |
Tercera parte
Letras libresEn los primeros años cincuenta del siglo XX el poeta veinteañero Eduardo Lizalde, con sus tres principales, emulativas y trompeteadas vocaciones: ser un nuevo Titta Ruffo, un nuevo Miguel Ángel y un nuevo Góngora, no tenía más militancia que la del poeticismo practicado con sus cofrades Enrique González Rojo, Marco Antonio Montes de Oca, Arturo González Cosío, quizá Rosa María Phillips (¿ya esposa de Eduardo?). La aventura casi secretamente revolucionaria contaba con el benévolo padrinazgo del veterano poeta Enrique González Martínez, con el sarcástico regocijo del coetáneo Rubén Bonifaz Nuño y con el apoyo amistoso y crítico del lateral pero muy próximo Salvador Elizondo Jr. que, incidentalmente sea dicho, se iniciaría como poeta impreso con un primer librito de 1960 y de edición de autor, titulado escueta y soberbiamente Poemas [sobre el cual, en el suplemento dominical México en la Cultura, del periódico Novedades, escribí una reseña titulada “Salvador Elizondo: de la poesía secreta”]. Mucho más tarde, Eduardo, en el capítulo “El laberinto mecánico” de ese mero esbozo, ese apenas adelanto de una autobiografía intelectual que es su Autobiografía de un fracaso: el poeticismo (1981), describiría así el intento de nada menos que una especie de ¡oh!, ciencia de la poesía, en un tono de confesión complacidamente irónica y autoagresiva: “El poeticismo era, más que un proyecto ignorante y estúpido, un proyecto equivocado, que se salió de madre a destiempo. Partía, es evidente, de una idea en el fondo mecánica y conceptual de la creación literaria (ya se ve que de un modo menos ingenuo de lo que pudiera parecer desde el punto de vista del trabajo interno de los poeticistas); pretendía la inteligibilidad, la ‘univocidad’ como decíamos, de lo poéticamente expresado, para combatir la facilidad, la vaguedad significativa, la imprecisión verbal y conceptual de la poesía que imaginábamos en boga.” Digamos, para no ser injustos con el cerebralísimo invento del que los poeticistas derivaron conferencias y recitales y algunos voluminosos textos intrincada y pedantescamente teóricos de Enrique González Rojo (Fundamentación filosófica de la teoría poeticista, Prolegómenos al poeticismo, etc.), que, por seria y rigurosa, por “científica” que pudiera parecer la flamante empresa vanguardista, ésta no carecía de un espíritu de humorismo, de juego y de gozoso escándalo quizá aprendido de las dos prestigiadas y ya históricas y marchitas vanguardias o subversiones del siglo: el dadaísmo y el surrealismo. La pequeña banda de jóvenes poetas, capitaneada por la lizaldiana voz de barítono-bajo, interrumpía actos culturales y artísticos vociferando metáforas y silogismos absurdos, emitía con solemnidad de declamadores de inocente fiesta escolar el poema excrementicio “El ánima de Sayula”, falsificaba y declamaba poemas dizque inéditos de Darío, Mallarmé, Neruda o Borges para deslumbrar y embromar a Alfonso Reyes o a Ramón Xirau, recitaba muy sonoramente poemas místicos de San Juan de la Cruz o fragmentos de las confesiones de Santa Teresa de Ávila en cabarets, pulquerías y prostíbulos, paseaba circularmente en tranvías o autobuses la ciudad capital haciendo paradas en cualesquiera cantinas de los barrios bajos, dejaba al poeticista más joven, Marco Antonio Montes de Oca, durmiendo impúdicamente la embriaguez sobre la desnuda mujer en bronce titulada Malgré Tout (en la Alameda Central), intentaba crear un dinosaurio chafa (construido a partir de un alquilado y disfrazado elefante) para pregonar “¡El poeticismo está aquí!” por calles, plazas y descampados y anunciar el kilométrico aunque aún inexistente poema precisamente titulado “Los dinosaurios”...
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Escrito por Pendulo
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sábado, 15 de agosto de 2009 |
 Aurora Castillo Charfolet A las personas que amamos los libros, a quienes adoramos leer y no hemos sido premiados por los dioses con el don de la escritura o tocados por las musas con la inspiración artística, nos encanta hablar de nuestros hallazgos literarios. Quiero invitarles, lectores y lectoras, a sumergirse en la novela Ahora que estamos muertos, a, entre otras muchas emociones, caminar por Madrid junto a sus protagonistas; a realizar visitas a centros donde nunca hemos estado y quizás nunca tengamos la oportunidad de entrar; a conocer la soledad, a padecer el frío que traspasa los huesos; a revivir los mágicos ‘80 y a sentir en las venas el calor de un chute de heroína. Quiero animarles a conversar con Antonio El Manitas, con Juaquin, con Lola, la Sorda o con Cris ahora que están muertos, mejor que muertos. Quiero que se atrevan a compartir el bocadillo de mortadela en un parque, el plato de patatas guisadas en un comedor de caridad o las albóndigas con tomate de la cena en el albergue; el vino peleón resbalando por la barbilla o la calentura del Dyc arañando la garganta. Quiero invitarles a que sientan con ellas y con ellos la nostalgia del pasado, a que sufran sus pérdidas y rían sus alegrías, a que vistan sus ropas y caminen con sus zapatos, a que vomiten sus miedos y sequen sus lágrimas. Porque, en definitiva, eso es lo que hacemos los lectores y lectoras cuando nos seduce una obra y eso es lo que busca el autor cuando nos regala sus palabras. Y las palabras te permiten soñar y viajar, pasear por el Madrid más bohemio y artístico o por el más oculto, duro, cutre y desconocido. La literatura te muestra todos los mundos posibles, te ayuda a comprender y te genera dudas, te divierte y te entristece, te entretiene y te puede llegar a aburrir, pero nunca, nunca, te deja indiferente. En cualquier persona hay mucho de lo que ha leído, ya que en los libros se aprenden cosas que la vida, limitada y corta, no nos puede enseñar.
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sábado, 15 de agosto de 2009 |
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Xavier de Tusalle
«Un corto y nostálgico febrero se adueña del año. El frío congela el aliento de los pájaros. Falta tiempo para que vuelva la gloriosa primavera y el cielo acople su luminaria sobre las arterias de la gran urbe. La negra noche apaga el día revolcado en las abstractas tinieblas urbanas. No hay estrellas, truenan los cielos diáfanos dando paso a rayos y llovizna incesante sobre la ciudad plomiza». Así empieza el texto que nos ofrece este escritor con la delicadeza del poeta. Al son del alma es eso, una declaración poética y sincera —extremadamente sincera—, pero también una narración urbana, dura e inflexible, de los ángulos difusos que conforman la realidad. Partiendo de los aspectos más cotidianos, Guillermo Sastre nos va introduciendo y haciendo cómplices de sus más íntimos recovecos interiores y del transcurso del tiempo intentando olvidar la soledad, la nostalgia del pasado y las heridas que el hecho de vivir nos depara. Al final siempre queda el amor y es la conquista de este bálsamo que endulza el alma donde se lanza nuestro héroe recorriendo caminos que creía olvidados hacia un destino incierto. Al son del alma es también una narración con un alto contenido erótico y muy realista con ciertos aspectos vitales en los que todos nos reconocemos.
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sábado, 15 de agosto de 2009 |
 Quentin Ash Bocados pretenciosos forma parte de una de esas raras ocasiones en las que dos artistas coinciden en el ámbito evolutivo de una obra conjunta y su expresión estética sin abandonar sus individualidades. Xavier de Tusalle y Chus Cuesta conforman un tándem expresivo, podríamos decir, que se manifiesta a través de símbolos complejos, ecuaciones lúdicas y permutaciones estilísticas de gran profundidad estética. ¿Cómo comenzó todo? Te preguntarás. Sin querer airear secretos que no me está permitido revelar te diré que existe un lugar casi mágico —mágico en el sentido de punto caliente, donde parece que la inspiración se manifiesta con mayor facilidad— del que se habla en el libro abundantemente: La Taberna de Tulús. ¿A qué hace referencia esta taberna? ¿Es realmente lo que parece ser? ¿Un simbolismo? ¿Un estado mental de especial receptividad? No puedo dar respuesta cabal a esto, sin embargo, parece claro que no se refiere, desde luego, a la ciudad francesa de Tolouse ni a una taberna ordinaria cualquiera. Dejémoslo pues como una clave heurística más de las tantas que se dan en estos bocados y que el lector vea en ello lo que sea capaz de ver. Olvido y Efebel son también dos palabras que se mencionan a menudo, pero me temo que, de nuevo, no vamos a poder avanzar demasiado. Hacen referencia al espacio y el tiempo: espacios y tiempos donde la existencia tiene un orden mecánico e insatisfactorio, por un lado; y espacios y tiempos donde la existencia trasciende el estado de sopor y rutina habituales y se convierte en algo luminoso y vibrante, donde la creatividad se expresa por sí misma, sin esfuerzo, como un puro juego lleno de alegría, a veces de controversia, y deleite. El primer estado es denominado Olvido, y el segundo, Efebel. Se nombran como lugares, estados o tiempos que pueden ser realmente visitados y extraer alguna experiencia de ellos de vuelta a la normalidad existencial. Y hay muchos más. La rosa azul, el silbido del viento, la nomenclatura del tres, el loto y el nenúfar, Plenitud... Mejor dejarlo aquí y confiar en que el lector sepa extraer todo el jugo de esta propuesta literaria. Por último, me gustaría hacer una mención al lenguaje propiamente dicho. Los autores se muestran como alquimistas de la palabra desgranando conceptos amorosos, poéticos, filosóficos y metafísicos esperando la total connivencia del lector. Este aspecto es el que más destaca en esta exquisita obra a medio camino entre la prosa, la poesía, el ensayo conceptual o el prontuario entre místico y estético, tan difícil de interpretar. Querido lector, para sacarle todo el jugo a este libro lo más recomendable es invitarte a que te sumerjas en él y navegues recorriendo el orden natural de los capítulos; o a tu aire, libremente, surcando las páginas hacia la profundidad, la costa o los arrecifes de coral de sus pretenciosos significados. Por eso no hay un índice. Los Bocados pretenciosos deben degustarse como un aperitivo inesperado, un llamativo locuaz, un bouquet fractal, jugoso y nutritivo, refrescante y exquisito.
Buen provecho.
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sábado, 15 de agosto de 2009 |
 Conrado Arranz Sucede en el otro lado del mundo, en una tierra hostil cuyo gobierno lucha en público por enmascarar la violencia y convencer al resto de que no ocurre nada y a la vez se disfraza con manchas verdes y marrones para golpear con sus botas negras, fuertemente anudadas, la esperanza de las clases más populares, las más inadaptadas de un sistema que ellos mismos han impuesto. Unos ciudadanos piden a gritos la paz y su pronunciación se pierde en el eco de la desesperanza, otros por el contrario piden permanecer en la miseria como único lugar ajeno a la incomprensión de la realidad colombiana, esa que en el momento de ocurrir, se olvida. Hay en todo esto una editorial comprometida, Norma, que busca poner voz, por medio de las letras, a gente que apenas tiene ganas de pronunciar. Bajo la dirección editorial de María Elvira Bonilla Otoya, surgen ensayos, artículos, reportajes y libros como el que hoy sostenemos, El Banquete de las Moscas, de María Paula Navas-Alarcón, con relatos de ocho personajes reales que nadan cómodos en la inverosimilitud de sus vidas. A menudo los escritores buscamos con nerviosismo paisajes literarios que enriquezcan el contenido discursivo de nuestros personajes, paisajes donde las acciones cobren una relevancia épica o por el contrario un simbolismo estético a la manera que Márquez construía Macondo o con la minuciosidad de los horizontes rulfianos. En este libro, el paisaje viene ya otorgado y se convierte en el personaje principal que enreda con su energía al resto, se llamaba El Cartucho y ocupó una almendra central de Bogotá hasta su forzada desaparición en el año 2005 y conversión en el Parque del Tercer Milenio (ese que nunca llega por más que pasen los años), por medio de un proyecto de la alcaldía. El Cartucho fue un lugar real que hoy ya se ha convertido en uno imaginario en la conciencia colectiva de sus moradores. Fue una ciudad con identidad propia, rodeada por un muro invisible pero permeable de forma que el que entraba ya nunca salía, pero el que salía, moría. Fue por tanto una fortaleza, cuya característica común más notoria es que cualquier avance que se producía era un retorno doloroso al pasado. En medio de ese espacio, vivían también los príncipes de la droga, en El Castillo, inexpugnable, donde se cometían todo tipo de atrocidades que se acallaban con el primer rayo de sol. Constituyen por tanto sus habitantes una sociedad que lucha, algunos más que otros, por ganarse un peldaño social después del último de la compleja escalera bogotana. Mensualmente llegaban los camiones de la beneficencia institucional, con mangueras de gran potencia (los mismos que se utilizan para disuadir manifestantes) para, una vez desnudos, arrancar la costra que se ceñía en sus habitantes, «a veces incluso parece que te van arrancando la piel». Descendemos a los infiernos de lo inverosímil y lo hacemos detrás de la mesa en la que se sienta María Paula Navas-Alarcón, a su vez una trabajadora social del programa de rehabilitación, cuya inquietud e inconformismo la llevaron a saltar esa primera barrera para buscar el germen del arraigo social en los últimos que quedaron allí, incluido ella. Todos sus personajes responden a las preguntas del Cuestionario de Proust, pero una de ellas, pese a su potencial futuro y a su vez libertad, marca el pasado de todos. ¿Qué le gustaría ser? Martín quiere «ser menos que nadie», era un chico de familia acomodada que por culpa de una indecisión personal, en mitad de un viaje narcótico, queda enganchado para siempre en la realidad de El Cartucho. Son esos momentos en los que no reaccionas, te defraudas tanto a ti mismo que necesitas quedarte allí para buscarte siempre y que no te encuentre nadie. Ariel, sin embargo a esa pregunta niega, dice «no, yo soy escritor». Entiende que no le gustaría ser nada más allá de lo que le obsesiona y no se resigna en una eventual negación del ser, lucha por lo que es: escritor; pese a que todo está en contra para su desarrollo, no tiene dinero para comprar el tiempo, no tiene máquina para escribir, incluso sus manos están prácticamente mutiladas después de que los hongos provocados por la recogida de basura derivasen en crónicos y para colmo la policía, en las múltiples actuaciones que realiza, le roban sus manuscritos, esos que no puede escribir pero sobre los que recuerda siempre el inicio: «caminaba Juan por el carril del ritmo…». Y es que Ariel escribe leyendo las historias en las tuberías que arregla o destapa y luego las lacra bien para no dejar pistas. Es la historia de un libro vacío. A Zohe le gustaría ser «de verdad o de mentira, pero algo», ella sin embargo es una prostituta adicta a la cocaína y que admira a otra compañera que era azafata de American Airlines, juntas sobreviven sacando plata a los hombres importantes, aunque éstos no saben ni donde vive. A veces, no sabe si por su presente o por la cantidad de coca, le sobra el cuerpo (ese que da) y lo que quisiera es dejarlo por ahí para irse por su lado. Elena Helena, cayó allí por la dura crisis en su Cartagena natal y desde ese día, tiene fríamente calculados los días que cree que pasará allí. En su diario, que encabeza sin embargo con el recuento de días que lleva, anota con minuciosidad todos los sucesos (asesinatos, secuestros de bebés, etc.) que veía desde la esquinita donde vendía su mercancía. Sin arrepentimiento le gustaría ser «la que fui». El Deudo es un líder de zona que se encarga de mantener la dignidad de los ñeros, aun muertos, e intenta reivindicar sus muertes a las autoridades como símbolos de resistencia contra el alcalde que quiere hacer desaparecer El Cartucho, esa es su voluntad «ser yo mismo, pero cada vez mejor para servirle a la Comunidad». Jesús es un jíbaro de la olla más grande de El Cartucho, un resistente de verdad, él no se mezcla con chantajeados. Estudió algunos años de Derecho y pronto supo qué hacer en la práctica con su vida: vender, estar al servicio de los consumidores, que nunca descansan, como él. Se dio por vencido y aprovechó la ayuda de transporte de la alcaldía para ir de vacaciones. Ahora piensa si lo que le gustaría ser es «en vista de las circunstancias, de pronto abogado». Jairo es uno de esos jóvenes de un Cartel, que un día entraron a El Cartucho a hacer un recado y no volvió a salir. Su caída fue tan grave que lleva diez años encerrado en una habitación sin ventanas en las que hace pequeños orificios para intentar ver el mundo sin que por ellos quepa la serpiente que le busca para enrollársele en el cuerpo. Él ya no puede cambiar y muerto, sólo espera el tiro de gracia, por eso le gustaría ser «libre». El Calvo era el cuidador sigiloso de El Castillo, paseaba y observaba todo lo que había extraño a su alrededor e informaba. Por la noche habitaba en las mazmorras, haciendo figuras de yeso bajo la única luz de una bombilla y la mirada atenta de sus doscientos gatos que nunca habían salido de allí y que fueron sepultados cuando se demolió El Castillo; a él le gustaría «ser más escultor que campanero». Todos estos personajes reales fueron los últimos en abandonar El Cartucho, aquel barrio inquietante a muy poquitas cuadras a espaldas del Palacio Presidencial, en Bogotá. Este libro cruzó el Atlántico desde allá con una dedicatoria muy especial, «un poco de realidad colombiana para un ser que comprende, entiende y siente». Me lo enviaba una persona muy querida que está a punto de dar a luz a un bebé que mañana, gracias a María Paula Navas-Alarcón y a Grupo Editorial Norma, será también, como hoy lo soy yo, el último en salir de El Cartucho.
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sábado, 15 de agosto de 2009 |
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El desastre se ocupa de todo es una novela que narra las vicisitudes de un joven argentino, Pedro, que deja un país en crisis y se adentra en la vida de una extraña ciudad italiana, Trieste. Es el inicio de la década del '90, aún no se ha desarrollado la sociedad de la hipercomunicación, de Internet y de los teléfonos celulares, queda espacio para el encuentro directo, físico entre las personas. Pedro va en busca de su amante Sara que se ha refugiado dentro de los restos de un ex - manicomio. Apenas la encuentra sus expectativas se transforman radicalmente, la pasión se apaga y la búsqueda se convierte en el descubrimiento de un mundo poblado por personas extravagantes e ingobernables que viven en sus situaciones paradojales y absurdas. Junto a este mundo de personajes poco probables se desarrolla una historia que recorre diversas ciudades, Venecia, Sorrento y Budapest. El relato se articula en un juego de encuentros y fugas dentro de un pequeño laberinto de relaciones humanas en el que se pierden los límites de lo normal y lo correcto para dar lugar a un sin fin de malentendidos en torno a la locura y la búsqueda de un orden. El estilo es veloz y directo, una sucesión de numerosas escenas de una vida cotidiana en la cual el desastre se convierte en un actor invisible pero presente.
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sábado, 15 de agosto de 2009 |
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Situada en la ciudad de Da Nang, Vietnam, esta historia relata la vida de Duong Thai Loan, hijo de un rico terrateniente que ha sido víctima del despojo colonial francés. Al tiempo de la narración Loan se encuentra nuevamente en posesión de sus propiedades. A modo de revancha, toma una gobernanta francesa para educar a sus hijos. La sombra de Loan es la imagen sensual de madame Aimée Malard, la mujer francesa que ocupara la mansión perteneciente a su familia. La narradora, Adèle Dinant, es la joven francesa contratada por Loan como institutriz. Mientras relata la historia de Loan, Adèle se enamora perdidamente de él. Se encontrarán ambos jugando un peligroso juego erótico-sentimental, en el que madame Aimée Malard y la esposa de Loan se harán presentes como una amenaza constante. Mademoiselle Dinat cuenta en paralelo su infancia y adolescencia transcurridas en una pequeña aldea agraria, como hija de una mujer francesa que colabora, sin proponérselo, con la Resistencia. Obligada por un coronel alemán de la ocupación, la madre de Adèle le leerá, noche a noche, en voz alta, Rojo y Negro, de Stendhal, a la par que se verá envuelta en una inesperada aventura con el ocupante.
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sábado, 15 de agosto de 2009 |
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Marta Farreras
El cubano Juan Carlos Romero Mestre (Manicaragua, 1963), médico de profesión, publica su primera novela que se debate entre el realismo puro y duro, con un enfoque social divertido y lúcido al principio, en el que La Habana y otras ciudades como Villa Clara, son el entorno donde fluye el hilo narrativo. De esta manera, consigue arrastrar a los lectores desde sus primeras páginas. Editada por VisionNet en España (2006) es, sobre todo, una obra de ficción para un lector interesado por Cuba y por la nueva novela cubana contemporánea. ¿Qué son los escalares? Son peces preciosos que viven en cautividad dentro de peceras artificiales y que al contemplarlos nos gustan, metáfora que utiliza el autor para el título de su novela. Siempre es difícil juzgar a un escritor contemporáneo y aún más difícil si pertenece a una cultura diferente, en la cual entran en juego otros parámetros. ¿En qué estarán pensando los escalares?, primera novela de Juan Carlos Romero, recrea la época de los años ochenta y noventa donde un grupo de estudiantes de la escuela Lenin cargados de sorpresas, se enfrentan a la vida después de la adolescencia en medio de pérdidas, presiones, y trastornos que conlleva una época de cambios. Quizás el éxito que pueda tener la novela se inserta en la avidez que hay de literatura cubana. Sabemos que en el contexto político cubano no resulta fácil publicar. Novela coral, escrita en primera persona, refleja una Cuba lejos de tópicos, lejos de escenarios ya trillados que han tenido quizás demasiado eco gracias a una literatura turística. Novela que se mueve en la sutil línea que separa la verdad de la ficción nos muestra las célebres «noches cubanas» y sus diferentes facetas como, por ejemplo, el juego de la botella, un juego de la época consistente en hacer girar la botella en un círculo de amigos y al que le toque el pico tiene que pagar prenda como, por ejemplo, darle un beso en la boca a una chica, bailar solo, quitarse la ropa, etc. Los «castigos» van subiendo en peligro mientras avanza el juego en medio de la música de los años 70 muy importante para las generaciones cubanas, por todo lo que tiene de evasión de la cotidianidad. La escritura de Juan Carlos Romero da la impresión de ser apresurada, casi atrapada en una especie de vértigo como si las palabras, en lugar de buscarlas trabajosamente, surgieran por sí solas. Hay quienes le reprochan ser demasiado deshilvanado porque niega datos sobre los personajes de tal forma que no pueden entenderlos, pero es que Juan Carlos Romero no es un narrador con sobreabundancia de adjetivos, el ritmo narrativo y la pulsión sexual conducen al lector a un desenlace que se queda rondando en la memoria. Lo que empieza siendo una galería de personajes instalados en un mundo fácil avanza hacia un deterioro estremecedor. Haciendo homenajes a la cultura francesa con unos versos de Baudelaire de Les fleurs du mal y al escultor Rodin, pues uno de los personajes de la novela es Massut graduado en la escuela de pintura San Alejandro dedicado a marchante de cuadros. Su primer gran golpe fue comprar una estatuilla donde machucaban ajos y descubrir que era una obra de Rodin. No hay que dejarse llevar por la aparente superficialidad del principio de la novela. A pesar de su estilo directo, el lector quizá se pierda en algunos fragmentos debido a la manera en que algunos diálogos no acotados se mezclan en la narración. Pero parte del acierto está en la forma en que el autor juega con el narrador en primera persona y así va configurando la trama como contexto para la descripción de todos los personajes. La novela que incluye a un santero con su mundo de orishas apto para los agnósticos supersticiosos, explica en la narración, que el racismo se había abolido en Cuba por decreto, pero los nuevos dirigentes, los cuales procedían de familias adineradas y que se habían montado a primera hora en el tren de la revolución continuaban siendo racistas, y sus prejuicios no se eliminaban fácilmente y menos aún con decretos. En la segunda parte de la novela, los hechos que van ocurriendo en la vida de los jóvenes, atraen y conducen hacia horizontes oscuros grises y tristes, quizás al final de la historia todo va teniendo un resultado para unos positivo y para otros demasiado triste. Durante el relato vemos a diferentes personajes que nos demuestran metafóricamente que el mayor desacierto de Cuba radica en la supresión de espacios para la literatura y el arte. La lectura de esta novela supone un rato de relax planteando algunas reflexiones sobre la diferente visión de la vida que tenemos en Europa, resulta gratificante la cada vez mayor presencia de la literatura cubana en nuestro país. En poco más de 250 páginas, el autor evoca una Cuba, sin florituras estilísticas, desmontando los tópicos de la actual visión europea.
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sábado, 15 de agosto de 2009 |
 Mariano Vázquez Espí Desde muchos de los documentos de esta Biblioteca se analizan las tendencias "macroscópicas" que inducen la insostenibilidad de distintos aspectos de la civilización y cultura occidentales. Tales "modelos" son útiles para hablar sobre aspectos muy generales de nuestros actuales problemas. Y a veces es tal su fuerza conceptual que podemos confundir lo que sólo son abreviaturas convenientes para fenómenos extraordinariamente complicados con la propia realidad de éstos. Este libro viene a recordar que la realidad social también es la suma de pequeñas acciones individuales, de menor orden. Y que aunque muchas de las propiedades de esa realidad social no pueden "reducirse" o "explicarse" por la suma de los comportamientos de las personas que la forman, tampoco puede entenderse sin ellas. La sostenibilidad de nuestras propias biografías puede ser objeto también de análisis. Y la novedosa propuesta de Arrizabalaga y Wagman radica en que ese análisis puede sugerirnos modos de acoplarnos con el resto más provechosos para nosotros y para el conjunto social de que formamos parte. Aunque este tipo de análisis "microscópico" no es nuevo (y los propios autores nos recuerdan algunos de sus hitos pasados), la sola reformulación del concepto de "residuo" como "materia prima despilfarrada" hace de esta obra merecedora de nuestra recomendación al lector. Además puede que encuentren en ella sugerencias valiosas para llevar una vida no sólo más sostenible y consciente, también más alegre y optimista. Alicia Arrizabalaga y Daniel Wagman (1997): Vivir mejor con menos (Cómo ser feliz sin agobios económicos) (Madrid: Santillana/Aguilar)
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sábado, 25 de julio de 2009 |
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Editorial Alba ha lanzado al mercado dos libros de Ashley Kahn sobre Miles Davis y John Coltrane. Rodrigo Fresán reseña ambas novedades al tiempo que recorre la vida y milagros, a ritmo de blues y jazz, de estas dos leyendas de la música. Rodrigo Fresán Vaya por delante que el jazz no es lo mío. Iré todavía más lejos: creo que no entiendo y que seguramente jamás entenderé el jazz, por más que ciertos escritores jazzy —como Kerouac, Ellroy, Cortázar, Vian y Murakami— ocupen sitios preferenciales en mi biblioteca y que sí entienda lo que ellos hacen cuando se refieren al jazz o lo aplican a su literatura. Tal vez el jazz sea un virus al que algunos son inmunes. Tal vez nunca me haya recuperado de esa época —finales de los setenta— cuando Weather Report y su receta de jazz-rock azotó sin piedad las costas de mi país de origen. Tal vez, quién sabe, lo mismo le ocurra a otros con el pop de los sesenta o con la música country. Lo que no quita que me haya comprado en su momento —y hasta haya escuchado varias veces— las recientes ediciones extendidas de Kind of Blue y A Love Supreme. Dos discos que son, supongo, el equivalente jazzero e inevitable para el pagano-jam de lo que significan para el clásico de superficie La Quinta Sinfonía, Las cuatro estaciones, ese gastado pero eficaz Greatest Hits of 1720 (conteniendo el "Canon" de Pachelbel, el "Adagio" de Albinoni, la "Sarabande" de Handel, y el "Aria para la cuerda Sol" de Bach) y las siempre funcionales Goldberg Variationen a cargo del genial pianista freak Glenn Gould. Lo que tampoco quita que los dos libros que el especialista Ashley Kahn dedica a dos de los más grandes momentos de la música moderna, Miles Davis y Kind of Blue: La creación de una obra maestra (Alba, 2002) y A Love Supreme y John Coltrane: La historia de un álbum emblemático (Alba, 2004), me hayan resultado fascinantes como sólo puede fascinar la tan agradecible sensación de que alguien te abra los ojos y los oídos a un mundo nuevo. Sí, ciertas ciencias requieren de ciertas orientaciones; y Kahn se convierte en el más perfecto guía sónico a la hora de decodificarnos los cómos, los porqués, los antes, los durantes y los después (especialmente fascinante resulta todo el episodio con la máquina defectuosa a la hora de prensar las primeras copias de Kind of Blue, que lo convirtió en un disco más rápido de lo que en realidad era consagrándolo, en principio, como el álbum más influyente y al mismo tiempo defectuoso en la historia de la música grabada) de las circunstancias que contribuyeron a la creación de dos perfectos universos negros, giratorios, redondos, y con un agujerito en el medio. Lo que hace Kahn para explicar lo inexplicable —el jazz— es una tan curiosa como efectiva muestra de autopsia mecánica y precisa en comunión con una prédica evangélica donde no faltan las metáforas. Un mix que por momentos recuerda a las investigaciones patológicas de Oliver Sacks y por otros la aplicación del método del "Palacio de la Memoria" del jesuita Mateo Ricci a la hora de reconstruir la exactitud de los recuerdos y los sonidos a partir del regreso al sitio exacto donde todo tuvo lugar, de la audición de tapes confidenciales donde se oyen conversaciones entre take y take, del pormenorizado análisis de los contratos de grabación y del diseño de las ya icónicas portadas de ambos discos.
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sábado, 25 de julio de 2009 |
 Luis Humberto Crosthwaite ¿Quién habla a escala global por la música popular mexicana de fin del siglo? Crosthwaite reseña la esperada aparición de las nuevas Tijuana Sessions, sí, de Nortec. Todavía recuerdo la ocasión en que Pepe Mogt, ideólogo del colectivo Nortec, me habló por primera vez de su invento: combinar unas cintas de música norteña, que habían caído en sus manos casi por milagro, con la música electrónica que él y unos amigos componían. Quien había hecho posible la reunión era Pedro Beas, que se hacía llamar Hiperboreal. Estábamos en el restaurante Terraza Vallarta, de Playas de Tijuana, muy popular por ser el primero que ofrecía cervezas al dos por uno todos los miércoles. Pepe era algo así como un evangelista de la música electrónica. Hablaba sin detenerse a respirar sobre las maravillas de este nuevo sonido, era fácil imaginarlo jubiloso, tocando puertas de casa en casa para hablar de su evangelio. Entonces Pepe todavía tenía que recurrir a trabajar en un laboratorio para subsistir, y sólo soñaba con el éxito que los "nortecos" disfrutarían poco después: colaboraciones con famosos, tocadas en distintos países y atención internacional. Para quienes disfrutamos la música electrónica, descubrir a Nortec no fue nada novedoso; pero sí lo reconocimos como un experimento interesante, algo que se oía muy tijuanense por el hecho de resultar tan absurdo como en ocasiones podía llegar a ser la ciudad misma. No faltaron los ortodoxos de la música norteña que se quejaban por no encontrar suficiente norte en el tec de Nortec. Me pregunto qué dirán ahora cuando escuchen Tijuana Session Vol 3, en donde lo electrónico y la música tradicional del norte se funden, ahora sí, de una manera impresionante.
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Conciencia Mensaje a la conciencia: Usted no tiene ninguna enfermedad
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